Y medio minuto después repetía:

—Niña, reza...

Mercedes contestaba entre sueños, muy despacio, con la voz emperezada y casi ininteligible de los noctámbulos:

—Ya voy...

Y seguía durmiendo.

Algunas veces, Gómez-Urquijo, aburrido de oír a doña Balbina repetir siempre el mismo consejo, gritaba desde su despacho:

—¡Cállate, mujer; y reza tú sola!...

La voz colérica de don Pedro retumbaba en las habitaciones desamuebladas como un trueno, y doña Balbina, avergonzada y medrosa, no respondía; pero continuaba murmurando al oído de Mercedes con porfía de verdadero creyente:

—Reza, niña; si no rezas, Dios se enfadará contigo y tendrás sobre la conciencia el remordimiento de habernos perdido a todos.

Esto lo repetía una vez y otra, siempre en voz baja, zarandeándola por un brazo con una crueldad que apenas podía disculpar la santidad de sus propósitos; y Mercedes, al fin, rezaba: