«Padre nuestro que estás en los cielos, santificado...» pero entre dientes, separando las sílabas con el trabajo con que lanza sus últimos acordes la cajita de música que va quedándose sin cuerda.
Una noche, Mercedes, asustada por las ideas de eterna condenación con que su madre la amenazaba, rezó pidiendo al Cielo cuanto la era menester, aunque de un modo abreviado y compendioso:
—Señor: dales a mis padres mucha salud; otórgales largos años de vida, haz que me regalen una muñeca bonita y aparta de mí toda ruin tentación...
Así rezó Mercedes aquella vez, discurriendo, con esa lógica irrefutable de los niños, que pues Dios es omnisciente, no precisa pedirle circunstanciadamente y con lujo de galas retóricas, lo que Él ya sabe y conoce de antemano; y como este modo de discurrir halagaba su falta de fe y su sobra de sueño, la joven devota se dió con aquella media docena de frases, que casi recitaba maquinalmente, por muy tranquila y bien quista del Cielo.
Hasta que otra noche, en que su pereza era mayor y muy grandes sus deseos de concluir pronto sus oraciones de ritual, compendió cuantas súplicas hasta allí había expresado detalladamente, en una sola, inteligible, desde luego, para Dios, toda aguda perspicacia y sabiduría:
—Señor: tú ya sabes lo que yo deseo...
Y no dijo más, encomendando a la penetración y benevolencia divina el cuidado de deslindar y satisfacer con toda justicia sus honestos deseos.
Esta nueva costumbre ganó sin trabajo el espíritu gentílico de Mercedes: cansada de las inacabables oraciones que su madre la enseñó, reasumió tan enojosos jesuseos en una frase que la permitía armonizar su devoción con su modorra; más tarde compuso otras abreviaturas, luego rezó menos aún, después nada... Y hasta ella misma se admiró de la tranquilidad con que una noche, haciendo examen de conciencia, descubrió que hacía más de cuatro días que no rezaba...
Al desarrollo y exaltación de estas impías propensiones, coadyuvó eficazmente el estudio de la música.
Todas las tardes recibía Mercedes la visita de Mme. Relder, su profesora de piano. Una mujer alta, fea, pero muy elegante; siempre metida en un largo abrigo de terciopelo, con un gran sombrero negro y la sonrisa amable y triste y la mirada humilde de los criados que temen ser despedidos: llegaba, invariablemente, a la misma hora, llevando un rollo de papeles en la mano, alegre pero con un regocijo postizo y frío de diplomático, y dejando tras sí un fuerte olor a violetas.