El piano lo habían colocado en el gabinete; una de aquellas habitaciones desamuebladas y sin alfombrar, cuyo vacío tanto reforzaba la intensidad de los ruidos. Durante los primeros meses de aprendizaje Mercedes sufrió mucho; nunca sabía la lección, sus dedos torpes aporraceaban las teclas sin arrancar sonidos agradables, y llegó a odiar el gabinete donde estudiaba, con sus paredes desnudas y su ventana sin visillos, por cuyos cristales se descubrían vastos solares incultos y un gran retazo de cielo plomizo; y odió al piano, con sus destempladas notas de instrumento alquilado, y a Mme. Relder, angulosa y engabanada, sonriendo siempre y obligándola a repetir una vez y otra la misma lección.

Aquella antipatía, no obstante, fué declinando porque la música, como dijo Goncourt, es el haschisch de las mujeres. Mercedes, insensiblemente, iba rindiéndose al encanto filarmónico: los sencillos ejercicios calcados sobre los principales motivos de las grandes óperas, los aires populares de una sencillez y apasionamiento inexplicables, todo la divertía y emocionaba profundamente. En poco tiempo realizó progresos extraordinarios; pasaba muchas horas delante del piano, repasando cuidadosamente lo aprendido, venciendo dificultades nuevas, abandonando su alma inquieta al misterioso vaivén pasional de las melodías más dulces, sintiendo que todo ello evocaba en su interior el presentimiento de algo muy grande que había de llenar su vida.

La música es un arte de quintaesenciada excelsitud que emociona igualmente a los jóvenes y a los viejos: a los primeros hablándoles con la voz engatusadora de las promesas, porque todo lo ignoran; y a los ancianos que vivieron mucho y ya nada esperan, cantándoles el melancólico de profundis de los recuerdos; a veces es un arte triste, desengañado, escéptico, como un don Juan decrépito; otras modula acordes alegres, mefistofélicos, de una seducción irresistible, que arrastran a la orgía: como el dios Jano del paganismo, tiene dos caras; es el arte contemporáneo de todas las épocas, evocador de todas las remembranzas, allegador de todas las ilusiones, intérprete de todos los deseos; el arte que llora con Margarita, que muere con Traviata, que ama con Romeo, que despierta el patriotismo con Guillermo Tell, que se despide del mundo con Fernando, en La Favorita, que duda con Hamleto, que mata con Otello...

Mercedes, como las grandes apasionadas, sentía, a despecho de su candor, algo de todo esto. Los nocturnos de Chopín y las sinfonías de Beethoven sometían sus nervios a emociones contradictorias: unas veces la acometían deseos de llorar por dolores desconocidos que parecían cruzar aleteando, como aves fatídicas, muy cerca de ella; otras, ganas de reír, de moverse, con movimientos y esguinces desordenados de bayadera lasciva, y generalmente establecía prodigiosas conexiones entre los términos y conceptos más disparejos: así, por ejemplo, oyendo un tango, recomponía un cuadro de escenas andaluzas que Gómez-Urquijo tenía en su despacho; mientras los valses, ese baile favorito de los salones aristocráticos, la recordaban una copa de Champagne, desportillada e inútil, que su madre conservaba desde tiempo inmemorial en un vasar de la cocina, como trofeo melancólico de antiguos festines. Al año siguiente Mercedes ingresó en el Conservatorio y Mme. Relder, que confesó noblemente haber enseñado a su joven discípula cuanto sabía, fué despedida.

Todas las tardes salían doña Balbina y su hija llevando en una gran cartera de dibujo los papeles de música, cogidas del brazo como amparándose mutuamente contra los coches y transeuntes que a su lado pasaban, seguían por la calle Jacometrezo y luego atravesaban la plaza de Santo Domingo, dirigiéndose hacia el teatro Real. Doña Balbina acompañaba a Mercedes hasta la puerta del Conservatorio y después se iba para volver una hora más tarde, a la salida de clase.

Aquellos paseos cotidianos, aunque obligatorios, sirvieron a Mercedes de gran distracción y recreo. Caminaba de prisa, taconeando recio, con las manos metidas en los bolillos de su elegante gabancito gris, comprendiendo que la leve sombra proyectada por el ala de su sombrero redondo favorecía mucho la interesante palidez hebraica de su rostro y la negrura de sus ojos, contentísima de tener una ocupación que la forzase a salir diariamente, mirando a los hombres de soslayo y orgullosa de advertir que ellos también reparaban en ella...

Bien pronto trabó amistad Mercedes con algunas de sus condiscípulas, especialmente con Carmen, y Nicasia Vallejo, hijas de una pobre viuda conocida de doña Balbina; y tanto por esta circunstancia, como por vivir Carmen y su hermana en la calle Mesonero Romanos, casi esquina a la de Jacometrezo, Mercedes y sus dos improvisadas amiguitas, siempre salían juntas de clase. El cariño que desde los primeros momentos atrajo a las tres jóvenes, creció rápidamente. Carmen era la mayor, Nicasia la más pequeña, y aunque una contaba cinco años más que la otra, ambas tenían el mismo carácter, idéntico geniecillo ocurrente y risotero: eran dos cuerpos muy gallardos, gobernados por dos cabecitas muy locas. Carmen y Nicasia iban solas al Conservatorio. Cuando volvían de clase, Mercedes y sus dos condiscípulas subían en grupo por la cuesta de Santo Domingo, hablando de música o comentando algún sabroso incidente que hubiese ocurrido durante la lección; doña Balbina las seguía con los ejercicios de Kalkbrenner y de Clementi debajo del brazo.

Durante aquellos paseos, las tres amigas se referían los proyectos y aspiraciones que pensaban realizar en lo porvenir.

—Yo dedicarme al teatro—decía Carmen.

—Yo también—añadió Nicasia.