—Y si algo imprevisto las impidiese a ustedes salir, tengan la precaución de avisarnos.

Ya de acuerdo, se separaron. Cuando Mercedes y su madre volvieron al gabinete, doña Balbina exclamó:

—Creo haber hecho bien admitiendo la invitación de Carmen; realmente, no había motivo para rechazarla... Sin embargo, temo decírselo a tu padre; como ha sucedido lo que ya sabemos... ¿qué opinas tú?

—Que no debe usted decirle nada—repuso Mercedes resueltamente—; papá es muy raro; según el estado de sus nervios, el proyecto puede gustarle o enfurecerle, y encuentro humillante y ridículo renunciar a una tarde agradable por obedecer un capricho estúpido. ¿Es censurable lo que vamos a hacer?... No: pues obremos con arreglo a lo que, según nuestro criterio, es legal y discreto.

—Bueno, bueno—contestó la anciana pensativa—, no diremos nada...

Sin embargo, su carácter refractario al disimulo, débil y acostumbrado a obedecer durante treinta años de matrimonio, no podía aceptar la responsabilidad de ninguna determinación: lo desconocido la infundía horror: temía que hubiese fuego en el teatro, o que un coche la atropellara al salir del espectáculo, o que ocurriese cualquier otro desdichado accidente por el cual don Pedro averiguase que ella se propasó a hacer algo sin pedirle antes opinión y consejo. Esto le parecía imperdonable y, conforme el tiempo pasaba, más crueles eran las mordeduras de su conciencia y más apremiante su necesidad de confesarle a Gómez-Urquijo cuanto tenía pensado y dispuesto. Durante la cena doña Balbina, aunque con gran trabajo pudo reprimirse: Mercedes la observaba con inquietud y ella evitaba sus miradas, comprendiendo que su delito era tanto mayor cuanto más tardase en descubrirlo. Después de comer, Mercedes se retiró a su habitación y Gómez-Urquijo y doña Balbina al despacho. Don Pedro leyó algunos periódicos y luego se puso a escribir; la anciana le atisbaba desde un rincón, no sabiendo cómo componérselas para echar fuera de una vez lo que tan indigestado traía. De pronto se atrevió:

—Tengo sueño—dijo—; voy a dormir... Hasta mañana...

—Adiós—repuso don Pedro sin levantar los ojos.

Al llegar a la puerta, Balbina Nobos se detuvo y volvió sobre sus pasos, exclamando con aire ingenuo:

—¡Ah, ya olvidaba lo que más presente tenía!... ¿Sabes, Pedro, que mañana por la tarde Merceditas y yo iremos a la Zarzuela?... Nos han invitado.