Gómez-Urquijo irguió su poderosa cabeza y miró a la anciana con ojos penetrantes. El recuerdo de Roberto Alcalá había pasado como un relámpago por su frente.
—¿Quién?—dijo.
Balbina Nobos comprendió que si no disfrazaba la verdad don Pedro no la concedería el permiso deseado, y replicó suavemente:
—Me ha invitado doña Inés, la madre de Carmen Vallejo. Hoy, cuando salí a comprar unas trencillas que necesitaba, la encontré. Estuvimos charlando tonterías, me dió muchos recuerdos para ti y me dijo que la habían regalado cinco billetes para la Zarzuela... que si quería ir. Creo que representan Marina. Su invitación fue tan espontánea que la acepté.
—¿Quiénes van?
—Ella y sus dos hijas, Mercedes y yo.
—No me gusta esa familia.
—A mí tampoco... Mas como sólo se trata de ir al teatro... ¿Qué te parece?...
—Bueno—repuso don Pedro—, que vayas...—Y siguió escribiendo, arrastrado por el vértigo de su concepción, facilitando con sus distracciones de artista los designios fatales del Destino.
Al día siguiente, domingo, a las cuatro de la tarde, Mercedes y su madre llegaron al Pasaje del Comercio casi al mismo tiempo que doña Inés y sus hijas.