—Por mi gusto—dijo Nicasia—ya estaríamos zancajeando por las calles desde hace una hora, pero, imposible... Mi madre, a pesar de sus años, tarda en emperejilarse más que una coqueta.

Doña Inés sonreía: era una mujer de mediana estatura, muy gruesa, con ojos azules que debieron de ser hermosos y que ogaño miraban trabajosamente bajo sus párpados caídos, y un semblante fofo, marchitado por el hastío. Después, las cinco mujeres echaron a andar, bajando la cuesta de la calle Montera: las dos ancianas iban detrás; delante caminaban las hermanas Vallejo, llevando en medio a Mercedes.

—¿Qué te parece esto?—preguntó Carmen en voz muy baja.

—Hasta ahora—repuso Mercedes—me parece bien, pero no lo comprendo.

—Más te gustará cuando lo entiendas.

—¿Y Roberto?

—Esperándonos.

—¿Dónde?

—En la Zarzuela. Él, que según la inventiva que va despuntando parece un escritor de novelones por entregas, es único autor de este enredijo, del cual Nicasia y yo somos simples ejecutoras...

Nicasia reía a carcajadas; su hermana la ordenó severamente que bajase la voz.