—No seas estúpida—dijo—, la menor indiscreción puede echar por tierra todas nuestras cábalas.

Y añadió dirigiéndose a Mercedes:

—Mi primo, que no ese Mariano Cortés de que antes hablé, es quien me ha dado los billetes para la función de esta tarde. De las cinco entradas, ¡fíjate bien!... tres son de anfiteatro principal y dos de anfiteatro platea. No se lo he dicho a doña Balbina por no alarmarla... El plan de mi primo se reduce a que nuestras madres y una de nosotras ocupen los asientos de anfiteatro principal, y tú y yo, verbigracia, los de platea. De este modo, durante los entreactos, las cinco estaremos reunidas, pero en cuanto empiece la representación, como ellas no pueden vernos, yo me quedo en mi localidad y tú y Roberto os vais a charlar por donde bien os parezca; siempre que vuelvas a mi lado antes de que baje el telón, para que el enredo no se descubra...

Mercedes se había quedado un poco triste.

—Todo eso es muy bonito—dijo—, pero el desenlace no es seguro; porque si mi madre no quiere separarse de mí...

—Nada es inevitable, pero abrigo esperanzas muy verosímiles de no equivocarme. Tu madre y la mía se entienden perfectamente y charlan, sin aburrirse, de sus achaques y de «sus tiempos...» Además, yo demostraré deseos de estar contigo, si advierto en ella alguna repugnancia insistiré, suplicaré, y ya sabes que doña Balbina no sabe negar ningún favor. Tengo también la evidencia de que mi madre, inocentemente, nos ayudará; y, últimamente, si la tuya se obstina en perseguirte durante el primer acto, puede cambiar de opinión al segundo o al tercero... Cuatro mujeres pidiendo lo mismo, molestan mucho.

Cuando llegaron a la Zarzuela, ya las puertas del coliseo estaban abiertas y por ellas iba entrando ese público numeroso, abigarrado y vocinglero que acude a los teatros los domingos por la tarde. Las tres jóvenes se detuvieron esperando a que sus madres se acercasen.

—¿Quién tiene los billetes?—preguntó doña Inés.

—Yo—repuso Carmen—: síganme ustedes...

Entraron abriéndose paso a través de la multitud. Al llegar al vestíbulo, Carmen se detuvo.