—Advierto a ustedes—dijo—que nuestros asientos no están juntos: tres son de anfiteatro principal y dos de anfiteatro platea.
Balbina Nobos no comprendía bien, presa del aturdimiento que acomete a los espíritus tímidos cuando penetran en un sitio público. Carmen tuvo que repetir el nombre y distribución de los asientos.
—¿Entonces, cómo vamos a repartirnos?—preguntó su madre.
—Muy fácilmente: usted, doña Balbina y Nicasia, por ejemplo, ocupan las localidades de principal, y Mercedes y yo las de platea...
El público que seguía entrando, las empujaba de un lado a otro, magullándolas, impidiéndolas hablar.
—¡Cuánto siento que estemos separadas!—dijo doña Balbina.
—Es cierto; pero en los entreactos nos reuniremos... Yo había advertido este inconveniente, pero como los billetes son de favor, no quise decirle nada al pobre muchacho que me los dió.
Y añadió, haciendo con la cabeza un ademán expresivo:
—Conque, ¿vamos?...
Todas la siguieron, sumergiéndose entre aquella multitud que subía por las escaleras, oscilando, retorciéndose sobre sí misma en los peldaños, como una enorme serpiente de carne humana, todos los espectadores avanzaban empujándose, agarrándose unos a otros, sosteniéndose mutuamente, hombro con hombro, pecho con espaldas, en virtud de un equilibrio inexplicable. Los peldaños retemblaban bajo el peso de tantos pies, el humo lanzado por los fumadores infestaba el ambiente, el calor asfixiaba, excitando, y los hombres aprovechaban aquellas apreturas para pellizcar a las mujeres: algunas se defendían gritando; otras se abandonaban, arqueando las caderas, ofreciéndose espontáneamente al voluptuoso martirio... Y era imponente el sentimiento magnético animador de tantos cuerpos que se buscaban sin conocerse, estrujándose, lastimándose, y que luego seguían direcciones diversas sin conservar de aquellas fugitivas uniones ningún recuerdo. Mercedes acercó sus labios al oído de Carmen Vallejo.