A veces Roberto, aturdido por aquel interrogatorio desesperante, se negaba a responder; mas ella le acometía exasperada, celosa, cogiéndole por un brazo, que atenaceaba cruelmente entre sus dedos crispados.
—¡No, no—repetía—, quiero saberlo todo! Como tú conoces mi historia, necesito yo averiguar la tuya. Tengo derecho a ello, me perteneces...
Continuaba mareándole, preguntándole por su pasado con ese afán de los espectadores curiosos que, habiendo llegado tarde a una función bonita, molestan a sus vecinos rogando les expliquen las primeras escenas.
Estas conversaciones ocurrían en la calle, antes de cenar, entre siete y ocho de la noche. Todos los días Mercedes iba a su clase del Conservatorio acompañada de las hermanas Vallejo, y a veces también de doña Balbina; pero nunca veía a su novio, porque Alcalá se levantaba muy tarde.
Las citas eran después. A la primera campanada de las siete, Mercedes dejaba su costura o lo que estuviese haciendo, y se levantaba resueltamente para marcharse.
—¿Dónde vas?—decía doña Balbina.
—Ya lo sabe usted: a casa de Carmen y de Nicasia, que están esperándome.
—Pero... niña...
—¡Vuelvo en seguida!...
Y salía vestida de cualquier modo, abrigándose el cuello con una vieja toquilla azul de su madre, queriendo demostrar con el estudiado abandono de su indumentaria que no iba lejos. Bajaba la escalera rápidamente, haciendo crujir los peldaños bajo la contracción de sus piececitos impacientes, atronándolo todo con el ris-rás de sus enaguas almidonadas; y ya en la calle, de una carrera, sin detenerse a cobrar aliento, llegaba a la de Mesonero Romanos; allí la esperaba Roberto, con el sombrero muy calado sobre las cejas, envuelto en su rica capa color verde-mar adornada de caprichosos bordados, y midiendo el ándito de la acera con el paso mesurado del hombre que espera.