Doña Balbina intentó oponerse a aquellas libertades que consideraba impropias de la honestidad y posición social de su hija, pero no tuvo fuerzas para imponer su autoridad, Mercedes la dominaba, como en otro tiempo Gómez-Urquijo la había sojuzgado y vencido. Alarmada por los consejos de don Pedro, la sencilla mujer procuró granjearse la confianza de Mercedes, conocer sus deseos, descubrir sus secretillos mejor velados. Tarea imposible, la hija tenía más entendimiento, más conversación, más recursos imaginativos y más perspicacia que la madre; no hubo, por tanto, entre ellas combate posible, y cuantas veces doña Balbina acometió sus difíciles operaciones de exploración y sondeo, quedó vencida y desautorizada para mucho tiempo.

—¿Qué quiere usted que guarde oculto?—decía la joven—; ¿no sabe usted, minuto por minuto, el monótono empleo que doy a las horas de mi vida?

—¡Oh!... Ya supondrás que mis preguntas van enderezadas a tu bien; yo celebraré tus venturas... yo te consolaré si tienes penas... ¿Por qué no había de ser tu madre tu mejor amiga?...

Mercedes solía no responder y la conversación quedaba en tal punto; pero a veces dejaba traslucir parte de sus verdaderos sentimientos, hallando sabroso divertimiento en ir examinando la impresión que sus confesiones reflejaban sobre el rostro ingenuo de la anciana.

—No tengo pesadumbres—decía—, ni desengaños, ni ambiciones locas... sino algo que es bastante peor que todo eso... Sufro una pesadumbre, madre... una sola pesadumbre que parece el espíritu de lo malo, la esencia refinada de todas las melancolías; una tristeza que suma, a la roedora comezón de las grandes ambiciones, el dejo desdeñoso de los desengaños incurables... Sí, estoy triste, muy triste; como si mi corazón hubiese abrigado todos los anhelos y sufrido todas las desesperanzas. Diríase que lo he visto todo y que todo me hastía. ¡Me aburro, madre, me aburro siempre!... Cuando toco el piano, cuando bordo, cuando voy por las calles camino del Conservatorio, cuando duermo... porque mi sueño tiene también la inmovilidad, la pesadez del aburrimiento... ¿Usted nunca se ha aburrido así?...

A Balbina Nobos, horrorizada por los abismos morales que descubría en su hija, poco le faltaba para llorar, y antes de responder titubeaba, examinando su vida, su serena existencia de mujer honrada, soñolienta y monótona como un bostezo. Sí, ella también se había aburrido muchos días, tantos, que entre todos podían formar largos años de tedio mortal...

Mercedes, que leía en la frente de su madre como sobre un libro, agregaba:

—Sí, seguramente habrá usted tenido horas de murria, pero declare que, si las sufría con resignación, fue por mi padre, pues los sufrimientos y abnegaciones de usted redundaban en beneficio suyo, y mi padre era el único norte de sus pensamientos. Usted vivía para él y él para usted. Las tristezas y los triunfos eran comunes; su recuerdo llenaba y embellecía las soledades de usted, y las sonrisas de la esposa remediaban, como por ensalmo, sus quebrantos... Realizabais, en suma, el adorable imposible de uno ser dos y dos ser uno... Pero, ¿y yo? ¿Qué tengo? ¿A dónde voy? ¿Qué puede amenizar la horrible vacuidad de mis horas?...

Entonces recordaba aquel remedio milagroso que esperaba de cualquier sitio: de un telegrama que no recibía, de una carta o de un ser que nunca llegaban... Si, hallándose en su habitación, oía sonar el timbre de la puerta, una voz interior que siempre mentía, exclamaba: «Ahí viene». Si iba por la calle, una emoción magnética inexplicable la acometía de súbito, obligándola a pensar en su casa y en aquel enviado extraordinario, murmurando: «¿Habrá llegado?»... Mercedes insistía en esto, explicando elocuentemente el suplicio de los ilusos que, como ella, viven esperando oír la voz de un ensueño; y eran tan apasionadas sus frases y tan sincero su dolor, que doña Balbina, aun sin comprender la gravedad y miga psicológica de todo aquello, concluía por echarse a llorar.

Aunque la anciana no presumía las relaciones de su hija con Roberto Alcalá, la repugnaban las salidas nocturnas de Mercedes.