—Eso no está bien—decía—; ninguna mujer soltera y celosa de su buen nombre anda sola por la calle, y menos de noche... ¡Ah, si tu padre lo supiese!...
Pero la joven se sublevaba, reclamando con acento imperioso su derecho a ser feliz; ya que todo el día estaba trabajando como una vieja cargada de obligaciones, justo era que por las noches buscase en la sociedad de unas amigas vecinas un ratito de inocente solaz.
Y añadía resueltamente, fiada en la protección de Nicasia y de Carmen:
—Déjeme usted y no me atormente. ¿Qué pido yo? ¿Qué placeres me proporciona usted? Yo no voy a reuniones, ni al teatro; mi padre, absorto en sus quehaceres, no se ocupa de mí... usted tampoco... ¿Para qué vivo, pues? ¿Para tocar el piano y repasar la ropa sucia?... ¡Donoso porvenir!... Creo que debía usted proteger estas inocentes diversiones mías, supuesto lo mucho que me quiere, y procurar que mi padre las ignore, porque ni él ni yo tenemos la condición sufrida y un choque entre ambos podría ser funesto para todos...
Hablando así, su hermosa cabeza afectaba una expresión batalladora que parecía ceñirla en una oriflama de combate: los negros rizos de su frente se encrespaban temblando, cual si el coraje los retorciese sobre sí mismos; el nervioso fruncimiento de su nariz se acentuaba, las mejillas palidecían, y bajo el doble arco de las cejas brillaban sus ojos de obsidiana, negros y duros... Y Balbina Nobos bajaba los suyos, cohibida por el irresistible poder magnético de aquella mirada grave y despótica de Gómez-Urquijo, el mismo entrecejo autoritario, la misma voluntad de hierro que la había tiranizado durante treinta años de matrimonio...
De este modo doña Balbina, temiendo provocar un disgusto entre padre e hija, y no hallando en la conducta de ésta nada muy reprensible, aceptó como buena y aun necesaria la repetición cotidiana de aquellos paseos, ocultándolos y convirtiéndose así en cómplice inconsciente de Mercedes.
Estas condescendencias maternales las aprovechaba la joven hábilmente para ver a Roberto, y las pequeñas dificultades que había de vencer para salir sazonaban su amor con un encanto inexplicable.
Roberto siempre acudía puntualmente al lugar de la cita y, arropado en su capa, empezaba a pasear la calle de Mesonero Romanos, pero sin asomarse nunca a la de Jacometrezo, temiendo que desde los balcones de su cuarto doña Balbina le columbrase. Generalmente, el tiempo era desapacible; la luz de los faroles reflejaba sobre el empedrado húmedo y el aire que ascendía del fondo de la retorcida calleja como un eructo de cloaca, venía impregnado de un fuerte olor a tierra mojada. Los hombres pasaban embozados hasta los ojos; las mujeres, todas obrerillas que salían del trabajo, iban de prisa, arrebujadas en sus mantones, y Roberto las miraba fijamente, recelando siempre la eventualidad de una sorpresa. Después llegaba Mercedes, corriendo y mirando hacia atrás, y había tanto sobresalto y tanta felicidad en sus ojos, que algunos transeúntes volvían la cabeza. Las palabras de su saludo, aunque vulgares, acariciaban los oídos del actor como un arpegio.
—Ya estoy aquí—decía.
—Gracias, mujer...