Se cogían del brazo y juntos echaban a andar hacia la calle Abada: ella, contenta por haber venido sobreponiéndose a obstáculos, en su concepto enormes; él feliz también, sintiendo sobre su brazo el brazo de la eterna Deseada, con su cabellera corta y fuerte, y los negros ojos brillando febriles sobre sus pálidas mejillas de hebrea.

La pasión de Mercedes iba exaltándose paulatinamente. Si a Roberto hubiese podido recibirle en su casa, con la prosaica tranquilidad que aburre las horas de los noviazgos por conveniencia, seguramente le hubiese amado menos. En los libros de su padre aprendió a querer lo prohibido, lo anormal, lo peligroso, todo aquello que el espíritu de Gómez-Urquijo había sentido como nadie y descrito con prodigiosos refinamientos de observación, colorido y relieve... Por eso quería a Roberto con ardor expansivo que trascendía a las calles que paseaban y a la esquina donde solían detenerse a echar el párrafo de despedida; y quería todo aquello porque Roberto Alcalá, a fuer de actor meritísimo, sabía dar encarnación real y palpitante a cuantas engañosas visiones novelescas ella amaba... Las mujeres tienen predilección por los artistas en general, y muy especialmente por los actores; sin duda porque en ellos, como en el alma femenina, todo es superchería y fingimiento.

Los domingos, Roberto trabajaba en el teatro por la tarde; Mercedes sólo podía verle un instante por la mañana, durante la misa de doce; pero aquello no era casi nada; la joven iba siempre con su madre y el actor tenía que conformarse con verla desde lejos: una mirada ardiente, dulce, venenosa, que arrojaba sobre ella como un venablo, a través de aquel ambiente impregnado de olor a incienso y por encima de una multitud de devotos arrodillados.

Durante aquellas entrevistas cotidianas, Roberto Alcalá practicaba difíciles operaciones de observación y análisis; su cariño crecía y se impacientaba, y comenzaba a sentir deseos vehementísimos de triunfar pronto.

«El amor—dice Balzac—tiene sus grandes hombres desconocidos, como la guerra tiene sus Napoleones, y la poesía sus Andrés Chénier, y la filosofía sus Descartes...» Roberto Alcalá atesoraba alguna de estas cualidades que poseen los fuertes conquistadores de corazones femeninos. Insensiblemente, para no asustar a Mercedes, pero también sin interrupción ni vacilaciones que la permitieran recobrarse de sus sorpresas y derrotas, iba avanzando, domeñando su levantisca condición y descubriendo el verdadero temple de su virtud.

Cierta noche cogió entre sus manos una de Mercedes y empezó a acariciarla.

La joven retiró el brazo.

—No me toques—dijo.

—¿Por qué?...

—Porque... no está bien.