Roberto pareció admirarse.
—¿Cómo?—dijo—. ¿De suerte que la mano, abandonada en señal de cariño, es un crimen... y dada fríamente y en señal de despedida, es una cortesía? ¡Bonita lógica!...
Y como aquel sofisma, realmente tenía las tranquilizadoras apariencias de una verdadera razón, Mercedes se dejó convencer y entregó su mano: una manecita suave, regordetilla, salpicada de hoyuelos, que prometía muchas caricias.
Otra vez, en un arrebato de pasión, cogió a Mercedes por el talle violentamente; ella bajó la cabeza para huir un beso de Alcalá y, con esa propensión instintiva que las hembras tienen a la defensa, procuró desasirse.
—¡Déjame!...
—¡Oh!... Eres brutal...
Mas él se impuso por la fuerza.
—Sí—dijo—, soy brutal... Lo soy porque tu belleza, cegándome, me obliga a serlo. ¡Ojalá puedas inspirarme siempre igual pasión! El día en que me veas correcto, respetuoso, indiferente a tus seducciones, hablando contigo fríamente, sin ocurrírseme coger entre mis manos las tuyas y sin que a mis ojos alumbre el vicioso resplandor de los deseos, puedes jurar que todo ha concluído entre nosotros...
Estas conversaciones ofrecían puntos de vista muy notables; pues en algunas ocasiones, mientras Roberto retorcía sus frases, inventando tropos y lindezas para no decir crudamente algo que lastimase el virginal recato de Mercedes, ella, sabiendo de antemano adonde iban encaminadas tan sutiles retóricas, reía por dentro, segura de conocer todo y más de cuanto el actor pudiese decir.