Una noche encontró Mercedes que Carmen, Roberto y otro individuo a quien no conocía, estaban esperándola. La joven pareció muy sorprendida.

—Es—dijo Carmen—que necesito ir a la calle del Almirante en busca de cierta amiga que ha de entregarme unos bordados. He citado a mi novio aquí, para que vayamos todos juntos y le conozcas...

Seguidamente, sin advertir el gesto de disgusto que contrajo el semblante de Mercedes, procedió a la presentación.

—Luis Herrera, mi novio... Uno de nuestros desocupados más simpáticos...

El aludido se inclinó. Era un muchacho de veintitrés años, alto y delgado, con grandes ojos azules muy tristes, encajados en un rostro complaciente que reía siempre, no bien le miraban, con una sonrisa que parecía haberse enfriado en sus labios. Mercedes saludó ceremoniosamente, y Luis Herrera volvió a inclinarse, procurando no ser antipático, pues sabía que la joven amaba a Roberto y el cariño que una mujer profesa a un hombre envuelve cierto desprecio para los demás.

Los cuatro permanecieron inmóviles, formando un grupo, esperando la orden de ponerse en camino.

—¿Qué? ¿Vamos?—preguntó Carmen.

—Está lloviznando—repuso Mercedes—: además, es tarde; son las siete y minutos, y yo a las ocho he de estar en casa; tenemos poco tiempo...

—Sí, mujer; yo también necesito volver temprano... Todo se reduce a correr un poquito.

Mercedes miró a Roberto Alcalá con ojos interrogadores, pidiéndole consejo.