—Bueno—repuso el actor—, atajando por aquí hacia la calle de la Montera, llegaremos en seguida a la del Barquillo, y antes de una hora podemos estar de vuelta. La lluvia es lo de menos...
—Ea, pues—interrumpió Luis—, no perdamos tiempo.
Todos echaron a caminar prestamente, siguiendo el itinerario trazado por Roberto.
—¿Has visto?—musitó Mercedes—; estos mentecatos han venido a estropearnos la noche...
Carmen y Luis Herrera iban delante, charlando alegremente, despicándose: de vez en cuando ella rompía a reír estrepitosamente, echando la cabeza hacia atrás, y él la pellizcaba el brazo o las caderas, como queriendo castigarla.
—¡Qué loca!—exclamó Mercedes sobrecogida por aquel nervioso contento.
Y agregó sin poder contenerse:
—¡Cualquiera creería que son amantes!
Roberto Alcalá se encogió de hombros, significando que aquello era natural y que no le importaba.
Cuando cruzaban la plaza del Rey, Carmen vió a su amiga: una madrileña neta, bajita, delgada, con mucho negro y mucha luz en los ojos.