—Porque hoy—interrumpió Romero—habíamos resuelto ir a las Ventas. Pero como Lola es una burguesita que siempre, después de almorzar, tiene el aristocrático vicio de dormir la siesta... ¿Pueden ustedes creer que se ha levantado hace un momento?
—Calla, parlanchín.
—¡Contento me tienes!—repuso Juanito—. ¡No me hagas hablar!...
No deseaba otra cosa.
—¡Que se sepa!—exclamaron todos.
Se habían detenido en la acera del Circo de Price, acercándose cuanto podían a la pared para resguardarse de la llovizna que continuaba cayendo.
—¿Para qué?—repuso Juanito—; mi cuento cabe en dos palabras; un cuento viejo, muy triste y muy humillante para mí... Conviene advertir que esta tarde, precisamente, Dolores, antes de dormirse, había jurado quererme mucho, idolátricamente, y que yo la creí... Pasó una hora. Viendo que no despertaba, la llamé. Ella continuaba tendida en un diván, alentando blandamente; una leve sonrisa embellecía sus labios entreabiertos, y su rostro tenía esa placidez que debe de producir la suprema bienandanza. No obteniendo contestación, me senté a su lado, movido repentinamente por el capricho de arrullar su sueño con un canto de amor...—«Dolores, Lola de mi alma, ¿te acuerdas?...» Se lo fui recordando todo: dónde nos conocimos, nuestras primeras impresiones, los primeros balbuceos de nuestra pasión...
—¡Qué embustero!—interrumpió la joven—, ¡qué modo de inventar... no le hagan ustedes caso!...
Juanito continuó:
—Aburrido de aquel inútil discurso, me levanté y empecé a pasear la habitación, murmurando de vez en cuando: «Lola, niña mía, ¿no oyes? ¿No presientes que soy yo quien te llama?...» Y ella, nada... ¡sin despertar!