Todos reían. Romero prosiguió con aire grave y sentado.
—De repente, al acercarme a un lavabo para arreglarme delante del espejo... no recuerdo qué, dejé caer inadvertidamente sobre el mármol una moneda de plata... Y entonces Lola despertó bruscamente, frotándose los ojos, sobresaltada por aquella voz misteriosa que acababa de susurrar en sus oídos la canción irresistible del oro.—«¿Qué sucede?—dijo mirándome—. Creí que me llamabas...»
—Por eso, desde hoy—concluyó Juanito—, no creo que haya mujeres que amen desinteresadamente...
Todos celebraron el sabroso pique de la ocurrencia. Después las tres parejas, obedeciendo a una indicación de Carmen, emprendieron el regreso por la calle Infantas.
—¿Quién es ese muchacho?—preguntó Mercedes a Roberto en voz baja.
—Es Juanito Romero; una bala perdida de Madrid...
—Y Dolores, ¿es novia suya?
—Probablemente, será su querida...
Mercedes y Roberto iban delante, caminando lentamente, trabados del brazo. De pronto Alcalá volvió la cabeza para ver a su amigos que iban muy lejos.
—Mira qué juntitos vienen ésos—dijo—, parece que van besándose...