Y agregó bruscamente:

—¿Quieres que yo te bese?...

Mercedes, asustada, le miró de hito en hito abriendo desmesuradamente sus ojos luminosos.

—¿Te has vuelto loco?—repuso.

—No... Pero te quiero mucho y la felicidad de ésos me causa envidia. Vamos... ¿quieres?...

Se inclinaba hacia la joven, disponiéndose a cumplir su oferta. Mercedes se retiró, acercándose cuanto pudo a la pared.

—Estate quieto... No me ofendas confundiéndome con estas mujeres de todo el mundo.

Pero Alcalá empezaba a perder la cabeza, mareado por el loco deseo que en él encendían las esquiveces y hermosura de la Deseada.

—No seas hipócrita—dijo—; si tú me quieres, necesariamente debes comprender la legitimidad de mi deseo. Se besan los padres y los hijos, se besan los esposos, se besan las amigas, se besan los que se quieren... y yo, adorándote con toda el alma, ¿por qué no he de besarte también?

Mercedes le miró enternecida, subyugada por la voz doliente del actor, aquel galán apasionado, irresistible, que había visto en el teatro arrollando la virtud de tantas mujeres.