Atravesaban la calle Fuencarral y siguieron la de San Onofre; al llegar a la de Valverde torcieron a la izquierda; en aquel momento la esquina les ocultaba a los ojos de sus amigos.
—Dame un beso—exclamó Roberto sujetando a Mercedes por las manos.
Ella sofocó un grito.
—No, aquí no... Pueden vernos...
—No temas... vienen muy detrás... ¡Acércate!...
Y cogiendo a la joven por el cuello, obligóla a derribar la cabeza hacia sí y la besó en los labios. Luego se apartó, echándose a reír para disimular su atrevimiento. Mercedes siguió caminando sin levantar la vista del suelo; tenía los ojos brillantes, su cuerpo temblaba, y una ola de sangre, que era todo un poema de candor ofendido, arreboló su pálido semblante de hebrea: no supo decir más; el pudor es el lenguaje de las mejillas.
Al llegar a la calle Desengaño, Mercedes y Carmen se despidieron rápidamente de sus acompañantes, dirigiéndose hacia la de Jacometrezo, por el callejón de los Leones. En aquel instante, don Pablo Ardémiz salía de un portal. Mercedes bajó la cabeza, ocultándose el rostro con su toquilla y el anciano pasó sin saludar.
—Creo, sin embargo—murmuró la joven—, que ese viejo marrajo me ha visto...
Y agregó, mirando a su amiga:
—Tengo calor. ¿Cómo estoy?