—Muy colorada. Parece que te has embadurnado el rostro de bermellón.
Luego se despidieron, citándose para el día siguiente, a la hora de clase.
La joven atravesó el portal de su casa corriendo, subió las escaleras sin descansar y llegó a su cuarto sofocadísima, ahogándose. Su madre la recibió.
—¿De dónde vienes?
—De casa de Carmen. Hemos estado examinando unos bordados preciosos que ha hecho Dolores, una amiga suya... ¿Ha venido papá?
—No...
Doña Balbina la miraba deletreando la verdad sobre el rostro de Mercedes con sus inocentes ojuelos de mujer sencilla. Después la pasó la mano por la cabeza y por los hombros.
—Sí...—repuso Mercedes vacilando.
—Estás mojada; cualquiera creería que vienes de muy lejos.