—No, es que llueve bastante. Carmen ha venido conmigo hasta aquí... Al salir de su casa vimos a don Pablo Ardémiz... El pobre iba tan absorto en sus cavilaciones, que no me reconoció...

Las mutaciones que iban turbando el ánimo de Mercedes eran de tal consideración y cuantía, que doña Balbina, a pesar de la poquedad de sus alcances, llegó a entrever la existencia amenazadora de un grave y peligroso secreto que exigía resolución perentoria.

No sintiéndose capaz de hacer nada por sí, doña Balbina visitó a su confesor, don Fernando Almonacid, varón entrado en años, doctísimo, bueno y muy ducho en toda clase de asuntos mundanos; mas como la anciana no supo concretar bien sus preguntas, ni puntualizar la situación moral de Mercedes, y Almonacid no era hombre que juzgase por impresiones, la consulta resultó inútil, limitándose doña Balbina a deplorar su corta suerte y los recelos que la inspiraba el incierto porvenir de aquella hija, y a escuchar de labios de don Fernando análogos consejos a los que en otro tiempo le dió Gómez-Urquijo: que observase a Mercedes, que ganase su confianza, que descubriese los íntimos anhelos de su alma, o con sutiles raposerías de diplomático o con halagos... y otras discretas observaciones de este jaez.

Los meses, sin embargo, iban transcurriendo sin que ningún acontecimiento rompiese la monotonía de aquel hogar; el tiempo continuaba ejerciendo sobre los espíritus sublevados su bienhechora acción sedante, y como Gómez-Urquijo parecía curado de sus antiguos temores, y doña Balbina por nada del mundo se hubiese atrevido a revelarle los suyos, todo fue aquietándose y borrándose bajo el manto del olvido pacificador.

Así fue pasando aquel invierno y llegó el verano, con sus cálidas noches cuajadas de estrellas.

Por aquella época adquirió doña Balbina la convicción de que Mercedes y Roberto Alcalá estaban en relaciones.

Una noche fueron ella y Mercedes al circo de Price para ver a Tik-Nay, el payaso inimitable, que sabía dibujar con sus donaires una sonrisa sobre los labios más tristes.

En el callejón de butacas encontraron a Roberto, que inmediatamente se acercó a saludarlas. Hablaron un momento.

—¿Y don Pedro?—preguntó el actor.

—Bien—repuso doña Balbina—; los volatines le aburren y no quiso acompañarnos. Luego vendrá. Y usted, ¿no tiene hoy función?