—No, señora; afortunadamente...
Y se separaron; durante el primer entreacto volvieron a reunirse y doña Balbina advirtió que, a pesar de hallarse Roberto con varios amigos en un palco muy distanciado de las dos sillas que ellas ocupaban, no apartó en toda la velada sus ojos de Mercedes.
Noches después volvieron a encontrarle en el pórtico de Apolo, momentos antes de comenzar la segunda función. Entonces Balbina Nobos recordó que durante el día Mercedes había demostrado gran interés en ir al teatro, y que aquel encuentro bien podía ser una cita.
—Yo no tenía ganas de salir—exclamó la anciana queriendo disculpar la modestia con que ella y su hija iban vestidas—, pero Mercedes empezó a decir que estaba triste, que se aburría, y como es muy testaruda... fué necesario complacerla.
Roberto miró a la joven sonriendo, orgulloso de que tuviese tanto interés en verle.
—Por eso vamos a una localidad modesta—añadió doña Balbina—; creo que nuestros asientos son de anfiteatro principal.
—A eso, precisamente, voy yo—repuso Roberto.
—A ver, mamá—dijo Mercedes—¿qué número tienen nuestras localidades?
Balbina Nobos le entregó los billetes, murmurando:
—Míralo tú... yo no veo bien...