—Tenemos el tres y el cinco...
—Yo, el siete—dijo Roberto.
—¡Qué casualidad!—exclamó la joven—; entonces estaremos juntos y me alegro,.. Dos mujeres solas no tienen representación en ningún sitio...
Continuó hablando, queriendo desvanecer una sombra de tristeza y disgusto que había endurecido momentáneamente los cariñosos ojuelos de su madre.
Aquella noche experimentó Mercedes impresiones de nuevo y regaladísimo sabor. Balbina se había sentado a su izquierda, Roberto a su derecha, y los tres muy juntos, porque todos los asientos estaban ocupados. Mercedes sentía que las manos viciosas de Roberto la pellizcaban disimuladamente las caderas, y que las rodillas del actor buscaban las suyas: luego, para hablarse, tenían que hacerlo quedamente y aproximando mucho sus cabezas: entonces sus alientos se confundían, los cabellos de la joven rozaban la frente de Alcalá, y ambos sentían sus cuerpos estremecidos por un voluptuoso calofrío magnético. Cuando salieron del teatro, doña Balbina creyó ver que Roberto entregaba a Mercedes un billetito plegado en varios dobleces.
En los días siguientes doña Balbina Nobos habló largamente con su hija, batallando por obtener la confesión de aquellos amores. Mercedes estuvo impenetrable. Juró no haber visto a Roberto Alcalá más que una sola vez, en casa de Carmen; negó que estuviesen citados en Apolo, y hasta tuvo valor y disimulo suficientes para asegurar que aquel hombre no le interesaba... Doña Balbina no creyó tales asertos, pero hubo de conformarse y dar el incidente por terminado, segura de quedar siempre vencida.
Con la llegada del otoño volvieron a abrirse las clases del Conservatorio, y Mercedes y Roberto pudieron reanudar sus citas nocturnas. La joven refirió al actor las sospechas de doña Balbina y los inconvenientes que había de vencer para salir. Su relato fué muy conmovedor, muy exagerado.
—Mi madre cree que somos novios y ha querido obligarme a confesar la verdad.
—¿Y qué hiciste?
—Negarlo todo.