—Muy bien... porque seguramente será hostil a nuestros amores.
Aunque quería mucho a Mercedes, sin saber por qué se ufanaba de mantener su cariño en el misterio: temía la formalidad de las relaciones oficiales, los inconvenientes que acaso ofreciese Gómez-Urquijo a la continuación de aquel noviazgo, o, en caso contrario, el matrimonio que llegaría tranquilamente, por sus trámites contados, asesinando su ilusión entre dos artículos del código civil...
—Eso creo yo...
Y lo creía instintivamente, sin razón alguna, como sienten los hechizos del pecado las grandes pecadoras innatas; aleccionada, tal vez, por su padre, cuyos libros la enseñaron a ver en lo prohibido el milagroso e inagotable manantial de las ilusiones.
Hablando así bajaban por la calle Salud, en dirección a la del Carmen.
—En último caso—dijo Roberto—yo no sentiría que esto se supiese, si tú...
—¿Qué?
—Si tú... me quisieses mucho.
—¿Cómo?—dijo Mercedes riendo—. ¿No estás seguro de mi cariño?