—No.

—¿Qué te falta, pues? ¿Qué pruebas de amor necesitas?...

—¡Muchas!... ¿Acaso he recibido algún testimonio convincente, irrecusable, de tu amor?... Sí, Mercedes, aunque tarde, he llegado a persuadirme de que tú, poco más o menos, eres desconfiada y previsora como todas.

—¿Por qué dices eso?...

—¡Oh!...

—No comprendo.

El calló, encogiéndose de hombros.

—¿Tienes ganas de reñir?

—Tengo ganas de que hablemos francamente.

Ella le miró de hito en hito, no sabiendo cómo rehuir el turbión que la amenazaba. Desde hacía poco tiempo los deseos de Roberto se impacientaban, su obstinación era mayor, sus ataques más rudos, y Mercedes temía aquellas trifulcas que siempre arrancaban de su virtud, y en beneficio de su amor, nuevas concesiones.