—¿Cómo quieres—prosiguió Roberto Alcalá—, que ponga yo confianza en una mujer que no la tiene en mí?... Porque reconocerás que sigues usando conmigo casi los mismos miramientos que empleabas los primeros días. Hoy, como entonces, he de robarte los besos, y... o eres una hipócrita actriz consumada en el arte del fingimiento, o mis caricias son un suplicio para ti.
Llegaron a la calle del Carmen, atravesando por Rompe Lanzas hacia la de Preciados, y continuaron bajando la cuesta de Capellanes.
—¿Qué quieres de mí?—preguntó Mercedes.
—Todo...
—¿Todo?
—Sí, eso es... una prueba muy grande, una especie de lazo irrompible que te impida ser de nadie... ¡De nadie, más que mía!... Pues siguiendo como hasta aquí, resulta que yo te he dado mi corazón sin que tú me hayas hecho entrega del tuyo.
La había cogido fuertemente por un brazo, mirándola con ojos glotones, acercando su rostro al de ella como para morderla; mientras la joven se estrechaba contra la pared, vacilante, mareada por aquel vaho de pasión.
Continuaron hablando: él iba exaltándose; ella volvió a preguntar:
—¿Qué quieres de mí?...
—Quiero que seas mía.