—Cuando nos casemos.

—¡Cuando nos casemos... o antes!—gritó el actor—; mi pasión no soporta condiciones... ¡ni aun aquéllas que concibió la repugnante previsión de la mujer amada!...

No pudo seguir hablando, tan grande era su exaltación. Mercedes también callaba, sobrecogida de temor. Su primer impulso, al oír las atrevidas exigencias de Roberto, fué de indignación y protesta; pero muy luego se tranquilizó, recordando que tiene algo de axiomático y de fatal el hecho de que los hombres, cuando lograron ser muy queridos, consiguen de sus amadas todos los favores. Los dos se habían detenido inconscientemente delante de un portal; luego reanudaron su paseo.

—No te extrañe de este arrebato mío—dijo Roberto—; realmente, hoy cuento tantos motivos para desesperarme, como ayer, pero es que los recuerdos van siempre en traílla: por eso la exaltación provocadora de los grandes crímenes está formada por ideas y pasioncillas pequeñas, insignificantes en sí mismas, como los torrentes son el terrible y devastador resultado de muchas gotitas de lluvia...

Iban a dar las ocho.

—Es muy tarde—dijo Mercedes—, vámonos a casa, no quiero sufrir por un desagradecido como tú nuevos disgustos.

El regreso lo emprendieron por la solitaria calle de Tetuán, buscando la de Jacometrezo. Continuaban disputando. Cuando llegaron a la calle Mesonero Romanos, esquina a la de Abada, se detuvieron para despedirse.

—Es necesario que seas mía—murmuraba él.

—Yo no soy esclava de nadie.

—¿No?...