—No... nunca...
—Sin embargo, yo lo quiero...
Volvía a acercarse a Mercedes, alentando sobre ella, como queriendo abrasarla en una atmósfera de fuego. Mercedes, en efecto, concluyó por sentir que aquel deseo la producía un malestar físico.
—Sepárate—murmuró—; me haces daño... me ahogo...
Roberto Alcalá, reprimiéndose con gran esfuerzo, dió un paso atrás.
En aquel instante resonó hacia el fondo de la calle un confuso estruendo de voces, desde la más baja a la más tiple, que gritaban a la vez. El tumulto iba en aumento: eran vendedores del Heraldo de Madrid que se acercaban pregonando algún acontecimiento sensacional. Subían corriendo desalados, llevando en la mano los periódicos extendidos para mejor atraer la atención de los transeuntes, y repitiendo todos el mismo pregón:
—¡El Heraldo, con los detalles del crimen de la calle Pozas!...
Aquel crimen, referido ya por los periódicos de la mañana, pertenecía al número de los llamados «pasionales». Un cajista que había matado por celos a una cantadora de café...
Los vendedores pasaban corriendo y voceando emocionados, cual si realmente fuesen portadores de una gran noticia.
—¡Heraldo, Heraldo de Madrid, con todos los detalles del crimen de la calle Pozas y las últimas declaraciones del asesino!...