Y había algo muy triste en aquel pregón que arrastraba por las calles de Madrid el recuerdo de un crimen, y que los vendedores repetían con ahinco, ganosos de allegar dinero, como si el charco de sangre que derramó una puñalada de celos, fuese para ellos arroyo santo que, como el Darro o el Jordán, acarrease también pepitas de oro.
Aquel vocerío, en virtud de una inexplicable asociación de ideas, aumentó la rabiosa exaltación de Roberto.
—Nosotros concluiremos así—murmuró—; tú en el cementerio, yo en presidio.
Mercedes quiso sonreír.
—¡Tonto!
Pero él había vuelto a sujetarla por un brazo y la zarandeaba bravío. Algunos transeuntes curiosos volvieron la cabeza.
—¿Serás mía, no es cierto?... ¡Júramelo! Y agregó exasperado:
—Si no accedes a mi deseo, juro que, desde hoy, todo concluye entre nosotros.
Mercedes, a quien el dolor y la vergüenza apretaban la garganta, rompió a llorar.
—No me quieres—murmuró.