—Sí, te quiero... y por lo mismo exijo tanto, porque mi cariño lo merece todo.

En el reloj de una farmacia próxima, uno de esos relojes siniestros que parecen destinados a medir la agonía de los enfermos, sonaron las ocho y media.

—¡Ah!—exclamó Mercedes asustada—me voy corriendo; es muy tarde y mi padre no puede tardar... Adiós...

—Adiós—repuso Roberto con su británica frialdad habitual.

—¿Estás enfadado conmigo?...

—No... ¿para qué?... Estoy convencido de que debemos separarnos.

Ella deseaba marcharse, pero no se atrevía a dejarle así, tan irritado. Al fin, haciendo un violento esfuerzo, echó a correr, murmurando:

—Hasta mañana...

Después, cuando llegó a la esquina, se volvió para verle a través de sus lágrimas, pero Roberto ya había desaparecido.

La joven pasó una noche horrible, llorando, calenturienta, releyendo las cartas del actor, aquellas ardientes cartas que la brindaban los bienes de una pasión inextinguible...