Al día siguiente, cuando fue al Conservatorio, Mercedes entregó a Carmen una carta para Roberto. Estaba tan fuera de sí, tan pálida y con los párpados tan enrojecidos por las lágrimas y el no dormir, que Carmen Vallejo se asustó.
—¿Qué tienes?—dijo—; ¿estás enferma?
—Peor—repuso Mercedes—: estoy muriéndome; he reñido con Roberto.
—¿Cuándo?
—Anoche.
—¿Por qué?...
—Por una tontería... dice que no le quiero... ya ves... ¡decir que no le quiero!...
Y lloraba. Carmen se echó a reír.
—No llores, borricota—exclamó—, mi primo dice eso porque te adora y está celoso de ti. Cuando Luis me quería mucho, decía lo mismo... ¡Vaya, veo que no conoces a los hombres!
—De todos modos—repuso Mercedes—, dale esa carta, llévasela tú misma... ¿eh?... tú misma; yo no puedo...