Carmen sonreía...

—Bien, bien...

—No dejes de hacerlo como digo. En esa carta le cito para esta noche, a la hora y en el sitio de costumbre. Necesito hablar con él a todo trance... Creo que si hoy no le veo, me muero...

Y agregó con una risilla que parecía en sus labios un iris de esperanza:

—Dile también... pero así, como por cuenta tuya, que le quiero mucho... mucho... que me has visto llorar por él...

El resto del día lo pasó Mercedes en su casa, junto al balcón, cosiendo y mirando al cielo; un cielo de otoño, lloviznoso y frío. Doña Balbina, feliz al verla tan juiciosa, estuvo más alegre y charladora que de ordinario. La serenidad, sin embargo, de la joven, no pasaba de ser aparente; pensaba en Roberto, en que ya habría leído la carta, en que iría a la cita... y permanecía alerta, escuchando los menores ruidos exteriores, obsesionada hasta el delirio por el presentimiento de que al fin iba a recibir aquello, que nunca llegaba...

Hija y madre estaban en el gabinete charlando, porque la noche se había echado encima y la escasa luz crepuscular no bastaba para seguir cosiendo. Mercedes no quería levantarse para ver la hora, temiendo que doña Balbina advirtiese su impaciencia y su inquietud. De pronto, en el reloj del comedor sonaron varias campanadas, y la joven, de un salto, se puso de pie.

—Me voy—dijo secamente.

—¿A dónde?

—A casa de Carmen; está esperándome. Son las siete.