—¿Las siete?—repitió doña Balbina escandalizada—, ¡ni las seis!...

Mercedes, recelando haberse equivocado, corrió al comedor: en efecto, eran las seis. Furiosa contra sí misma, volvió al gabinete, a seguir rellenando de monosílabos la distraída conversación de su madre.

—¿Y te atreves a salir con este tiempo tan desapacible?

—Sí.

—Yo, en tu lugar, no saldría...

—Bueno...

—Dime, ¿Carmen y Nicasia tienen novios?

—No sé; nada me han dicho.

—No comprendo que la madre de esas niñas les permita salir y entrar cuando bien les parece.

—Yo tampoco.