La supina vulgaridad de aquel diálogo determinaba en Mercedes un malestar físico, semejante a un vago dolorcillo de estómago. Se levantó y fué al comedor, creyendo que había pasado ya mucho tiempo; pero su impaciencia le engañaba y tuvo que volver al gabinete: eran las seis y cuarto. Doña Balbina continuó charlando, con esa conversación perezosa de las personas que encanecieron en la soledad.
—Yo reconozco que Carmen y Nicasia son dos muchachas muy buenas, muy hacendosas, pero... ¿qué quieres?... no me gustaría que fueses como ellas. Tú vales mucho, tienes mucho talento...
¡Sí, bonito talento!... El talento de vivir siempre encerrada, sin amigas, sin diversiones, envejeciendo estúpidamente entre las cuatro paredes de una casa pobre... ¡En eso consiste el talento y la bondad de las mujeres!...
Todo esto pensaba Mercedes, pero no quiso hablar, segura de que no la comprenderían. Además, ella sabía adónde iban encaminadas las preguntas de su madre, y aquellos torpes tanteos irritaban sus nervios. Cuando dieron las siete la joven se levantó.
—Hasta luego—dijo.
Y fue tan duro el acento de su voz y tan despótica la autoridad de su ademán, que doña Balbina Nobos la acompañó hasta el recibimiento y la dejó marchar sin atreverse a contradecirla.
Cuando Mercedes llegaba al zaguán, tropezó con don Pedro, que volvía de la calle. La joven sintió que todo su heroico valor desmayaba, y viendo a su padre tan alto, tan grave, envuelto en un largo gabán sobre cuyo cuello de pieles se abarquillaban las blancas melenas de su venerable cabeza apostólica, dió un paso atrás, huyendo del pasado que parecía haberse erguido ante ella súbitamente, impidiéndola salir.
—¿Dónde vas?—preguntó Gómez-Urquijo.
Mercedes no supo qué responder.
—¿Dónde ibas?—repitió colérico don Pedro.