—A casa de Carmen.

Las sonrosadas mejillas del anciano se arrebolaron, y por sus mejillas azules cruzó un relámpago de ira. Mercedes desfallecía: en aquel momento no vió a Roberto, sólo pensaba en don Pedro, que la miraba atentamente, con el entrecejo fruncido y unos ojos duros que la traspasaban el corazón.

—¿A casa de Carmen?—repitió Gómez-Urquijo—: ¿y quién es Carmen?

—Una amiga...

—Ya lo sé; lo que ignoro son los méritos que seguramente no tiene esa Carmen... para merecer la visita de una señorita como tú, a estas horas y con este tiempo. Vamos... echa escaleras arriba y olvida lo que acaba de suceder.

Hubo un silencio terrible.

—¡Pero, papá... están esperándome!

—Pues dile a tu madre que te acompañe, que es obligación suya.

Y agregó con acento breve, que no admitía réplica:

—Vamos, sube...