Era imposible resistir, y Mercedes cedió: subía delante, mordiendo un pañuelo, haciendo esfuerzos titánicos para impedir que su dolor estallase en sollozos. Después oyó que don Pedro, dejándose llevar de su genio, aquel genio batallador que le había proporcionado tantas victorias y tantos disgustos, subía tras ella murmurando:

—Y es su madre, la imbécil de su madre, quien tiene la culpa de todo esto...

IV

Después de cenar Mercedes se retiró a su dormitorio fingiéndose aquejada de un violento dolor de cabeza; doña Balbina, juzgándose responsable, en parte, de lo sucedido y temiendo que don Pedro la abrumase con sus reproches, se fué a la cocina y Gómez-Urquijo penetró en su despacho y encendió el quinqué. Durante largo rato estuvo paseando por la habitación, con la vista fija en el suelo y las manos cruzadas a la espalda: luego se detuvo y tocó un timbre.

—¿Llamaba el señor?...—preguntó Felipa apartando los cortinajes de la puerta.

—Dile a mi mujer que venga.

Cuando Balbina Nobos llegó al despacho, don Pedro estaba de pie, junto a la mesa, con sus penetrantes ojos muy abiertos. Parecía más alto, más enjuto, y su gran cabeza proyectaba sobre la pared un perfil enorme: viéndole así, rodeado de libros y envuelto bajo el misterio de su larga levita negra, tan severo, tan triste, parecía un juez que acabase de firmar una pena de muerte. La anciana se acercaba temblando y sin ruido.

—¿Qué quieres?—preguntó.