—Quiero hablar contigo—repuso don Pedro—, decirte que así no podemos seguir... yo creí haberme casado con una mujer de carne y hueso, ¿entiendes?... y no con una muñeca de cartón...
Su voz tremolaba de un modo amenazador, agitada por la cólera. La emoción había arrebolado las pálidas y fofas mejillas de la anciana, pero fue una sensación que, como casi todas las de su alma cobarde, no llegó a traducirse en palabras.
—Hoy he sabido, por casualidad—prosiguió don Pedro—, que nuestra hija sale sola a la calle.
—Muy cierto—interrumpió Balbina—, pero va a dos pasos de aquí... ¡Figúrate!... Yo misma, desde el balcón, la veo doblar la esquina... Suele ir a casa de las hermanas Vallejo, dos muchachas muy buenas...
Gómez-Urquijo tuvo una sonrisilla forzada.
—Tú eres una insigne mentecata—dijo—que, por su gusto, canonizaría a todas las mujeres. ¿Conoces, acaso, los resabios y malas mañas íntimas de esas dos chiquillas? ¿Sabes lo que hace nuestra hija no bien dobla esa esquina hasta donde tú la acompañas con los ojos?...
Balbina Nobos, sintiendo la justicia y gravedad de aquellos cargos, humillaba la cabeza.
—¿Tú sabes—añadió Gómez-Urquijo levantando la voz—si a tu hija la espera un hombre en esa calleja maldita?... ¡Oh, hace mucho tiempo, más de un año, que en este mismo sitio indiqué los temores que me inspiraban ciertas preocupaciones anormales que descubrí en Mercedes, y no me hiciste caso porque tu alambicado cerebro de chorlito parece incapaz de meditar nada seriamente!...
Doña Balbina quiso hablar:
—Yo te aseguro...