—¡Tú no puedes asegurarme nada!

—Permíteme...

—Te niego todo permiso. Tú miras y no ves, oyes y no entiendes, discurres y no tienes conciencia de tus pensamientos... No eres una mujer como las demás, eres... ¡lo que antes dije!... ¡Una muñeca de cartón, inconsciente, sorda y ciega!...

Balbina Nobos rompió a llorar: su débil voluntad de esposa amante y solícita estaba acostumbrada a doblegarse continuamente a la voluntad de don Pedro y a considerar sus menores antojos como órdenes inapelables; había vivido durante treinta años sin albedrío, sin deseos, casi sin noción de su propia personalidad, entregada a merced del hombre amado, ufana de sacrificar su alma consciente en el altar de su amor; y de pronto, al oír que Gómez-Urquijo la insultaba por aquel mismo anonadamiento a que su carácter dominador la condenó no tuvo bríos para rebelarse, ni discurrió una sola frase que la sirviese de escudo, y su dolor, un dolor infernal de ángel precito que repentinamente parecía volcar sobre su historia un cántaro de hiel, rompió en sollozos, como estallan generalmente las grandes crisis morales de los débiles.

—¡Ay, Pedro, Pedro...—murmuró—, no me maltrates así!...

Y fué a sentarse sobre una silla, cual si sus piernas no pudiesen aguantar la gravedad de tantas pesadumbres. Gómez-Urquijo, en pie delante de ella, continuó atormentándola, flagelándola el rostro con sus palabras, sibilantes y crueles como latigazos.

—Hace más de treinta años que nos casamos—dijo—y la labor literaria por mí realizada durante este tiempo, inspira vértigos... La pasión de la gloria es la terrible pasión inspiradora y directora de mi vida; ella presidió mis pensamientos, hacia ella fueron encaminados todos mis afanes... A ella sacrifiqué los deseos de mis padres, que querían dedicarme a más tranquila y positiva ocupación, y los placeres de mi mocedad y las comodidades de mi vejez... por ella, por esa gloria que al fin he rendido, lo perdí todo y estoy pobre aún y obligado a continuar defendiendo, con mi trabajo, el abrigo y el pan de nuestros últimos días... Y ahora, de súbito, veo que mi hija, el único tesoro positivo que conquisté en el combate epopéyico de mi juventud, va a perderse también... ¿Y por qué?... ¡Porque su madre no sabe guardarla!...

Balbina Nobos lloraba, secándose los ojos con una esquina de su delantal. Don Pedro prosiguió colérico, agitando sus brazos en el aire con varonil fiereza:

—¿Es posible que la gloria, que me quitó tantos bienes, me arrebate también a Mercedes?... ¡Qué bofetón para mis canas!... ¡Cómo gozarían mis enemigos viendo que mi hija, esa creación de mi espíritu y de mi carne, arrojaba sobre un apellido por cuya popularidad y ennoblecimiento tanto he luchado, una mancha imborrable! ¡Cuánto reirían, qué epigramas tan sangrientos compondrían a mi costa!...

El orgullo del artista se aunaba al cariño del padre, su exaltada imaginación meridional consideraba inminente aquella catástrofe y hablaba de ella como si ya hubiese sucedido.