—¡No, no estoy loca!... Tal vez tu responsabilidad sea mayor que la mía. Tú corrompiste a Mercedes, ¡eso es!... yo también estoy cansada de sufrir en silencio, como los animales que no saben hablar...
Tenía los ojos brillantes, y sobre sus mejillas, coloreadas por la indignación y el sufrimiento, corrían dos regueros de lágrimas. Don Pedro la escuchaba perplejo, casi con terror. Ella continuó:
—Tus errores son más difíciles de corregir que los míos... Tú eres el verdadero corruptor de Mercedes, su verdadero iniciador... ya que tus libros la enseñaron lo que nunca debió saber... Por tanto, eres el principal causante de cuantas desgracias sobrevengan... ¿Lo oyes?... ¡Tú, tú... y nadie más que tú!...
Era la primera vez que la madre se rebelaba en la esposa; pero inmediatamente, extenuada por su propio esfuerzo, se tapó el rostro con ambas manos y continuó llorando.
Entonces hubo una escena horrible, una de esas tragedias sin sangre que no se olvidan nunca. Don Pedro se había dejado caer sobre el sillón, sollozando, maldiciendo de sí mismo, renegando de su obra.
¡Ah!... Los artistas, pensando siempre en lo bello, rara vez se acuerdan de lo bueno; la naturaleza hizo a muchos de ellos impotentes, y la sociedad les condenó a eterna pobreza; son seres desequilibrados, malditos, que no debían casarse nunca. Los pintores, los literatos, los músicos, también son actores, puesto que se erigen en intérpretes de la realidad y a fuerza de explicar lo que otros ven y sienten, concluyen por vivir apartados del mundo, sin verdadero carácter, convertidos en melancólicos polichinelas de la vida.
—¡Tienes razón, tienes razón!—repetía don Pedro—: yo emponzoñé el alma inocente de Mercedes con el dulce veneno que mi espíritu perverso derramó en millares de páginas; yo he caldeado su fantasía y encendido la antorcha voluptuosa de los deseos; en vano pretendo dominar ahora la ensoberbecida marejada de sus pasiones; la juventud es invencible y en ella «una fuerza superior», como dijo la desposada de Corinto, «ha levantado la piedra»... ¡Es verdad!... Yo la he corrompido, yo soy su seductor... Es un drama horrible... un drama incestuoso como el de Lot poseyendo a sus hijas...
Y se retorcía las manos desesperado, recordando los artículos que críticos eminentes escribieron contra la dudosa moralidad de sus libros, y que él refutó bizarramente y con más elocuencia que buena fe. Pero ya era inútil defenderse, el daño estaba hecho. Gómez-Urquijo comprendió que los elementos más diversos se conjuraban en contra suya, como obedeciendo a los nefastos designios inexplicables del Destino: Carmen, Nicasia, Roberto, hasta el mismo Pablo Ardémiz con sus trazas de viejo truhán y Mme. Relder, que en mala hora despertó en Mercedes la afición a la música, todos eran enemigos que llegaban, como salteadores en cuadrilla, a arrebatarle su última ilusión.
Ante aquella perspectiva siniestra, Gómez-Urquijo dejó caer los brazos con el abandono del hombre que se rinde, experimentando una sensación que su espíritu levantado no conocía: la sensación de su propia debilidad y pequeñez.
Hubo un largo intervalo de silencio durante el cual el reloj continuó rimando, con su tic-tac devorador, el siniestro desfile de lo que no vuelve. Doña Balbina atisbaba al anciano por entre los pliegues de su delantal. Nunca le había visto así, tan abatido, tan poco seguro de sí mismo, y su conciencia empezaba a acusarla de haberle tratado cruelmente; ella debía haber puesto más tiento en sus observaciones, más urbano comedimiento en sus ataques, y no aniquilarle, arrojándole de pronto a la cabeza el mundo de sus libros; aquellos libros escritos con tanto cariño y defendidos con tanto celo. Entonces Balbina Nobos se acercó a don Pedro.