—Perdóname—dijo—; comprendo que hice mal hablándote así y entrometiéndome en asuntos que no entiendo. ¿Qué puede alcanzárseme a mí de si tus obras son malas o buenas?... Seguramente son excelentes, cuando a mí, que soy muy torpe, me gustan tanto... ¡No hagas caso!... Yo tengo un geniecillo venenoso, arrebatado... y cuando me disparo soy terrible. Luego me pesa, te lo juro, y por castigarme sería capaz de darme de cabezadas contra la pared. Perdóname, Pedro... Pedro... di que me perdonas...

Le acariciaba, le besaba los cabellos, y eran simultáneamente risibles y conmovedoras las súplicas de aquella pobre vieja que, siendo una cordera, se acusaba formalmente de ser una loba.

—No te desesperes—agregó—; no te pongas así... Nuestra hija es dócil y volverá al buen camino si, como no creo, ha llegado a separarse un ápice de él. Tiene fácil remedio. Afortunadamente, nada ha sucedido. Vaya, consuélate y perdóname... oye, Pedro, abrázame tú también...

Gómez-Urquijo la abrazó.

—Te perdono—dijo—; ya sabes que no puedo alimentar contra ti rencor ninguno; pero déjame solo, necesito reflexionar.

Balbina Nobos se marchó y don Pedro continuó sentado, inmóvil, los ojos fijos sobre su mesa de trabajo, mirando instintivamente un libro, Eva; la novela que había puesto en manos de Mercedes las llaves de la vida.

A la mañana siguiente, muy temprano, Gómez-Urquijo penetró en el dormitorio de su hija. Mercedes acababa de levantarse. Las emociones de la víspera, el sufrimiento y la falta de sueño, habían acentuado los rasgos de su semblante: tenía la nariz más aguileña, los labios más finos, el color más quebrado, los ojos más brillantes y agudos, el pelo más negro, desigual y voluntarioso, cubriendo la frente con un casco de endrina. Al ver a su padre, la joven se levantó prestamente del silloncito que ocupaba.

—Le esperaba a usted—dijo.

—¿A mí? ¿Para qué?...

—¡Oh!... Para escuchar lo que tuviese usted que decirme. ¿No desea usted hablar conmigo?...