—Sí, en efecto.

Aquel recibimiento, un poco altanero, había desconcertado a Gómez-Urquijo quien, durante la noche, estuvo ideando un plan de reconciliación y de paz. Mercedes le miraba fijamente, y en la expresión de sus ojos y en la firmeza de su voz vibraba la confianza que tiene en sí mismo aquél que adoptó una resolución inquebrantable.

—Anoche—dijo don Pedro sentándose—te causé un disgusto muy grande.

—Mayúsculo, sí... un disgusto enorme.

—Tú a mí también.

—¿Sí?...

—¡Naturalmente!

—¿Por qué?... La conciencia no me acusa de nada... Yo salía en busca de una amiga... eso fue todo.

—Puesta la cuestión así, como tú la presentas—replicó el anciano—, parece, realmente, que pequé de injusto y arrebatado; pero tú misma reconocerás que abonan mi conducta muchas y muy poderosas razones disculpadoras...

Hubo una pausa durante la cual Mercedes permaneció cruzada de brazos, sondeando al anciano con sus ojos imperturbables de hebrea, secos y duros.