—Al sorprenderte anoche en el portal—continuó don Pedro—mi sensible corazón de viejo padeció el choque de una emoción extraordinaria. Yo, hija mía, fuí siempre un hombre sencillo, un hombre bueno que vivió dedicado en cuerpo y alma a su familia y al trabajo; en mi existencia no hay enredos novelescos ni incidentes dramáticos, ni viajes peligrosos, ni nada de eso que forma la entretenida historia de los aventureros; mi pasado sólo encierra un drama, un espantoso drama que preside todos los capítulos de la vida: la tragedia de mis luchas artísticas, de mi combate por la gloria y por el bienestar de los seres que habían ligado el sosiego de mi porvenir a las incertidumbres de mi corta suerte: primero trabajé por tu madre; cuando naciste tú, mis afanes se triplicaron y continué batallando por ella y por ti... Sí, Mercedes, por ti más que por ella... ¡yo no sé qué tiene el amor de los hijos que nos roba del corazón la pasión de la mujer!...

Los ojos de la joven habían dulcificado su expresión; la voz de Gómez-Urquijo resonaba tranquilamente, dulce y acariciadora como sonrisa maternal.

—A ti, que eres ya mujer, y mujer discreta—prosiguió don Pedro—, puedo confiártelo todo. Hace quince o veinte años, mi hogar lo componían una mujer y una hija; y como entonces mis luchas eran todavía muy grandes y la niña muy pequeña, yo no veía el mañana, absorto en la preocupación devorante de que el hoy no anocheciese sin abrigo y sin pan. Pero los años fueron pasando y la niña creciendo; llegó día en que empecé a recoger el merecidísimo premio de mis afanes, y a disfrutar algunas horas de reflexión, de vida interior, y, al verte granadita, llena de gracia y tocando los dorados umbrales de la juventud primera, pensé en tu porvenir, que iba a ser el consuelo de mi vejez, y en asegurarte una posición independiente y decorosa. Desde entonces, hija mía, me dediqué a ahorrar, a guardar con tesón de avaro los pingües beneficios que ya me reportaba mi trabajo, ¡y todo para ti!... ¡Ya comprenderás la dosis tan grande de cariño que necesita sentir un hombre tan desequilibrado y despilfarrador como yo, antes de resolverse a ser económico!... Mi vida, por tanto, es una cadena no interrumpida de privaciones, afanes y sacrificios; para mí no reservé nada, para vosotras fué todo; mi dinero, mi respetabilidad... y hasta me huelgo del prestigioso renombre de mi apellido porque lo llevas tú y es tu mejor gala...

Continuó hablando, insistiendo con pasmosa elocuencia y brío en la generosa renuncia que siempre hizo de sí mismo, y lo estrechamente ligadas que ella y doña Balbina estuvieron a la historia de sus luchas y de sus menores pensamientos.

—Cuando quería describir los celos de un marido burlado, procuraba convertirme de narrador en protagonista, en víctima, y me sugestionaba pensando que tu madre podía engañarme; y si quería pintar la desesperación de un padre, me torturaba imaginando que tú ya eras joven y que un miserable calavera te seducía... Erais, pues, mis colaboradoras más asiduas, las modelos que inspiraron mis creaciones mejores...

Mercedes escuchaba atentamente, curiosa de conocer las intimidades de aquel gran artista y de averiguar la génesis de los libros que tan trascendental revolución habían causado en su alma.

—Todo esto—agregó don Pedro—te ayudará a comprender mi arrebato de anoche. Yo vivo lejos de la realidad, en el mundo engañoso de las ficciones artísticas, pero vivo para vosotras y creyendo que vosotras vivís también para mí... Y de pronto, al volver a mi casa, a esta casa que es toda mi ilusión, mi preocupación única, me sorprendes tú saliendo de ella para lanzarte a la calle, de noche, lloviendo... Yo te pregunto:—«¿Dónde vas?»... Te veo desconcertada, repito mi pregunta y respondes:—«A casa de Carmen»... ¡¡A casa de Carmen!!... ¿Quién es esa mujer que tiene influjo suficiente para arrancarte del hogar que yo sostengo para ti?...

Iba exaltándose, levantando la voz.

—Al verte salir me enfurecí sospechando que aquélla no sería tu primera escapatoria, y la naturalidad de tu contestación confirmó mi sospecha. «¡Voy a casa de Carmen!»... Me lo dijiste con acento ingenuo que demostraba que a esa mujer la ves todos los días... Y además, eran las siete de la tarde, la hora del misterio, la hora en que la juventud inocente se cita a la salida de los talleres... Y temí que tú también acudieses a una cita...

Hablando así Gómez-Urquijo, clavó en su hija sus ojos inquisitivos y poderosos de taumaturgo; ella sostuvo la mirada con bizarría, pero sus mejillas se colorearon ligeramente.