—No puede ser.
—¿Nunca?...
—¡No!... ¡Jamás!...
—¿Por qué?...
—Porque... ¡Quién sabe! No hay ocasión.
Lo dijo irreflexivamente, por no disgustarle con una negativa rotunda.
—No importa—repuso el actor—; yo la buscaré. Ahora habla... Mercedes, ¿es cierto lo que dices?... ¿No me engañas?
Sus ojos relampagueaban de felicidad, y el deseo, ese deseo todopoderoso que amasó con carne humana las entrañas del globo, agitaba sus labios convulsivamente. La muy Deseada, temblando de miedo, huyó del salón, y Roberto, que la tenía sujeta por un brazo, la siguió casi a rastra. En la calle se despidieron.
—Vete tranquila—dijo Alcalá—; pronto nos veremos; yo inventaré un medio... no sé cuál... ¡uno!... Adiós.
—Adiós, sí... no me olvides.