Permanecieron algunos instantes perplejos, mirándose a los ojos, oprimiéndose mutuamente las manos, hasta lastimarse. Luego se separaron, de golpe, para abreviar la duración de aquel martirio.

—Acuérdate de mí, de lo que me has prometido...—murmuró Roberto.

—Sí, sí... adiós...

Y se fué satisfecha de dejarle contento, pero segura de que la terrible ocasión en que el actor pudiese reclamarla el cumplimiento de lo prometido, no llegaría nunca.

Poco después de volver Mercedes a su casa, llegó doña Balbina; parecía muy fatigada y muy triste, y aquella noche la joven oyó que su madre se levantaba varias veces, con propósitos, sin duda, de sorprenderla hablando con Roberto por la mirilla de la escalera. Era, pues, indudable que Balbina Nobos, a pesar del chasco sufrido en la iglesia de Antón Martín, continuaba creyendo en la verdad del anónimo.

Paulatinamente el recuerdo de aquel incidente fue borrándose; doña Balbina se convencía de que la autora de la terrible carta acusatoria se equivocó o mintió al escribirla, y la dulce tranquilidad de los caracteres pacíficos reapareció en sus ojos. Los días se deslizaban sin emociones: días monótonos, tediosos, desdibujados, que huían sin dejar recuerdos. Mercedes iba por las mañanas al Conservatorio, algunas tardes recibía la visita de Nicasia y de Carmen Vallejo, y las cartas que, por mediación de sus primas, la enviaba Roberto; y aunque su existencia no había variado, parecía más alegre que antes, más resignada con su suerte, cual si presintiese la curación inminente de todos sus pesares.

Roberto, entre tanto, la escribía asiduamente, procurando que en Mercedes la ausencia no resfriase el fuego del amor. Algunas de sus cartas eran muy concisas, como para obligarla a desear en aquel estudiado laconismo la llegada de otras mayores y más dulces; a veces pulsaba la cuerda apasionada de los juramentos, bordando un porvenir de placeres sin guarismo: él se retiraría del teatro para estar más libre y andarían siempre juntos viviendo, a despecho del matrimonio, la existencia incongruente y desigual de los amancebados; otras pulsaba el plectro voluptuoso de los recuerdos, hablándola de su pasado, de sus ya lejanas alegrías, de sus riñas olvidadas con besos, de sus paseos nocturnos a través de Madrid; el bullicioso Madrid de las siete de la tarde, con sus esquinas invadidas por obrerillas y estudiantes enamorados que se saludan... Y siempre concluía recomendando que no le olvidase y tuviera la seguridad de que habían de unirse muy pronto.

Una tarde llegó Carmen Vallejo a casa de Mercedes más temprano que de costumbre; llevaba el semblante risueño y en los ojos la expresión zaragatera y feliz de quien es portador de buenas noticias. Balbina Nobos salió a recibirla, y Carmen la saludó y besuqueó con inusitado apasionamiento.

—Doña Balbina—dijo la joven—, vengo en representación de mi madre y de Nicasia, a solicitar de usted un favor.

—¿De mí?—repuso la anciana; y su rostro revelaba la admiración del que jamás se creyó investido de potestad alguna.