—Sí, señora, de usted...

—Usted dirá.

—Que deje usted ir a Mercedes al teatro mañana, domingo, por la tarde.

Doña Balbina palideció, luego sus mejillas se colorearon fuertemente, acusando esa terrible lucha interior que experimentan los débiles constreñidos a responder negativamente a lo que de ellos se solicita.

—Eso es imposible—repuso bajando los ojos—, usted lo sabe: ni Pedro ni yo queremos que Mercedes vaya sola a ninguna parte...

Carmen Vallejo la interrumpió:

—¡Pero si no saldría sola... vendría usted con ella!...

—¡Oh, eso ya es diferente!

—Vamos mi madre, Nicasia, usted, Mercedes y yo...

—Siendo así, no hay inconveniente... Mercedes decidirá.