—Nunca. Cuando me traigas el collar que te he pedido.

Él la miró aterrado, pareciéndole que Alicia hablaba en serio. Ella repitió:

—Entonces...

Y cerró la puerta. Enrique Darlés bajó las escaleras llorando.

IV

A la mañana siguiente Darles salió á la calle muy temprano; estaba rendido; había pasado una noche de insomnio y de espanto, y al clarear el día y hallarse en su habitación pobrísima, sin otro mobiliario que una cómoda cargada de periódicos y de libros, una mala mesita de pino y algunas sillas de enea, todo mezquino y viejo, recibió con la violencia de un golpe la emoción de su soledad y experimentó esa inquietud que los psicólogos denominan claustrofobia ó «terror á los espacios cerrados».

Largo rato caminó absorto en vacilaciones sin nombre ni dibujo. No se reconocía. En pocas horas de dolor su conciencia habíase retorcido cruelmente, y de esta convulsión fiera emergían ahora desdoblamientos insólitos, panoramas morales enormes constelados de perplejidades aterradoras. Contra el baluarte de los principios éticos que le inculcaron cuando niño, su desesperación desencadenaba una recia avalancha de preguntas. Y cada interrogación constituía un enigma terrible. ¿Dónde termina el bien? ¿Dónde comienza el mal? ¿Por qué, si todos nuestros esfuerzos deben ir enderezados á procurar nuestra felicidad, hay deseos que la moral instituída juzga depravados y deshonestos? ¿Por qué no será lícito todo lo agradable?...

Al llegar á la calle de Atocha, Darlés tropezóse con un amigo suyo, estudiante de medicina también, llamado Pascual Cañamares. Los dos jóvenes se saludaron. Cañamares iba á San Carlos.

—¿Quieres venir?—dijo—. Te enseñaré la sala de disección.

Darlés siguió á su condiscípulo. A éste le impresionó la palidez de Enrique.