—Tienes muy mala cara.

—Es que no he dormido.

—¿Habrás pasado la noche de fiesta?

—Al contrario. La he pasado llorando.

Y hubo en su respuesta un dolor tan varonil, que su interlocutor no se atrevió á indagar.

La sala de disección, fría y blanca, emocionó á Darlés vivamente. Desde los altos ventanales el sol caía á raudales, pintando una ancha franja de oro sobre los zócalos de azulejos. En las mesas de mármol, y cubiertos por sábanas manchadas de sangre, había varios cadáveres, con las cabezas afeitadas y los labios abiertos. Sus pies desnudos y juntos daban una macabra sensación de quietud. Flotaba en el aire un olorcillo indefinible, nauseabundo, á carne muerta. Darlés experimentó un ligero vahido que le obligó á cerrar los ojos, y huyó de la sala. Más de una hora anduvo por los claustros espaciosos, siniestramente sonoros, de San Carlos. Una rara tristeza gravitaba sobre el edificio, caserón viejo y húmedo que antes de ser escuela fué convento, y donde á la honda melancolía de una religión que sólo piensa en la muerte, parece añadirse el gran desengaño de una ciencia que no sabe librar del dolor á la vida.

Cuando Pascual Cañamares salió de clase, quiso que Darlés le acompañase á almorzar. Enrique accedió. Eran las doce. Cañamares almorzaba en una taberna de la plaza de Antón Martín: era un establecimiento alegre, con altos zócalos de madera pintados de rojo. Los dos estudiantes se instalaron ante un velador, sobre el cual la tabernera había extendido un pequeño mantel. Cañamares exclamó:

—¿Qué quieres comer?

—Me es indiferente. Lo que tú comas.

—¿Sopa y cocido?