—Bueno...
Cañamares ordenó, campechano:
—¡Patrona! ¡Un cocido!
Era un muchachón de veinte años, sanguíneo y rollizo, lleno de esa jovialidad sana y turbulenta que se desprende, á modo de perfume, de las grandes energías vitales. Hablaba mucho, y había en su conversación pintoresca y frívola un buen humor contagioso. Enrique Darlés le respondía distraídamente y con monosílabos, atento sólo á lo que varios cocheros, instalados en una mesa próxima, referían de cierto crimen cometido aquella mañana. Dos hombres, enamorados de la misma mujer, habían reñido á navajazos y uno de ellos mató al otro. El vencedor estaba preso. Era un lance vulgar, pero intenso, de una belleza bárbara y, á su modo, caballeresca, ya que en la lucha no hubo traición. Y el estudiante admiró y aun envidió á aquellos dos bravos que, por amor, afrontaron la solemnidad de ese momento donde coinciden la herida que produce la muerte y la puñalada que lleva á presidio.
Al salir de la taberna, Pascual se despidió bruscamente.
—Me marcho, porque no me divierto contigo. No sé qué te sucede. ¡Ni siquiera escuchas!...
Y se fué. Enrique Darlés le vió alejarse impasible, y luego experimentó una dolorosa sensación de vacío. Estaba solo porque había tenido la franqueza de no disimular su negro humor, porque dejó que toda la melancolía de su alma se asomara libremente á sus ojos; y entonces comprendió que ser muy sincero equivale á ser muy generoso, ya que cualquiera sinceridad, aun la más inocente, siempre cuesta mucho.
Por la noche cenó frugalmente y se acostó temprano. Largo rato estuvo despierto, atormentado por una marea de recuerdos inconexos. Su padre, que era su pasado, y Alicia Pardo, que simbolizaba su presente, le solicitaban. Al cabo, la imagen de la joven prevaleció.
Poco á poco dióse á examinar el alma tornadiza y burlona de aquella mujer que, al despertarse de una noche de amor, le había mirado encogiéndose de hombros. ¿Qué había sucedido? ¿En cuál de los dos estuvo la falta? ¿Acaso ella era una ingrata incapaz de sentimientos levantados y duraderos, ó es que él, encogido y pacato, no había sabido corresponder á la ilusión de Alicia?...
Bajo la tiranía torturante de su voluntad, la memoria evocó momentos, recompuso frases, dió actualidad nueva á los pormenores de aquella noche hadada en que creyó que todo Madrid olía á violetas... Y como siempre tendemos al perdón del ser amado, tras mucho discurrir, Enrique Darlés llegó á convencerse de que Alicia Pardo era inocente. Ella, desde el primer momento, había sido buena; ella le animó á emprender su conquista, y después, llanamente, sin otro propósito que el de verle feliz, le abrió sus brazos; brazos venusinos que pusieron alrededor de su cuello un lazo de dulzura y misericordia. Y él, á cambio de tan subida ventura, ¿qué había dado?...