En la conciencia del estudiante alzábase acusadora una voz implacable.

Alicia, habituada al roce del gran mundo, era una mujer de gustos exigentes y refinados, que adoraba el lujo y entendía á Beethoven. Varios aristócratas la amaron, poniendo su belleza en boga, y más de un tenor de ópera cantó para ella sola y en la intimidad de su dormitorio, su racconto favorito.

Y la voz inexorable continuaba:

«¿Qué hiciste tú, pobre Darlés, para merecer ese tesoro? ¿Qué méritos son los tuyos? Las mujeres que son todo belleza quieren lo que brilla, la fuerza, belleza suprema del hombre: la fuerza, que es gloria en el artista, dinero en el millonario, elegancia y aplomo en el hombre de mundo, desesperación en el suicida, valor y rebeldía en el ladrón que, audazmente, se pone enfrente de la ley. Pero tú, que no eres nada, ¿de qué te dueles ni á qué aspiras?...»

El estudiante lanzó un gran suspiro y sus párpados se llenaron de lágrimas. Era un necio, un zagalón menguado y cobarde. De una mujer puede quejarse el hombre que se arruinó por ella, ó quien, por conservarla, mató y fué á presidio. El, en cambio...

De pronto Darlés se estremeció tan violentamente, que la descarga eléctrica de sus nervios le arrancó un grito. Incorporóse en el lecho; estaba lívido. Si no podía ofrecer á Alicia ni una gloria de artista, ni una fortuna, debía brindarla su honor: debía robar... Fué una revelación terrible que sonaba á infierno. Entonces comprendió aquella expresión enigmática que inflamó los ojos y resbaló luego por los labios de Alicia la última vez que hablaron. El la había dicho: «¿Cuándo te veré?» Y ella contestó: «Nunca. Cuando me traigas el collar que te he pedido». Ahora estas palabras cabalísticas resonaban en su espíritu claramente: ahora las entendía. Alicia estaba enamorada de una joya que no podía comprar, y más de una vez, pensando en ella, se puso triste; su dolor era sincero; él lo había visto. Acaso la joven, al despedirle y recordarle aquel collar, habló en broma; quizás habló en serio. ¡Quién sabe!... De todos modos, al afirmar que «nunca» se verían, expresó veladamente su convicción de que él era un cobarde que jamás llegaría á perderse por ella. Los ojos febriles de Enrique Darlés brillaban como carbunclos. ¿Y por qué no robar? ¿Por qué no mostrarse valiente y capaz de todo? Hay en el fondo de los grandes sacrificios algo superhumano que ofusca y arrastra. Si él fuese ladrón; si pagase con su audacia lo que no le era dable adquirir por dinero; si, por complacerla, perdiese su carrera, arrostrase la maldición de su padre y el rigor de las leyes, Alicia le amaría ciegamente, con aquel frenesí que Vautrin, el héroe balzaciano, inspiraba á las mujeres.

La voz que antes tronó acusadora en la borrascosa conciencia del estudiante, ahora musitaba lagotera y suave:

«Alicia, tu Alicia, sería feliz con las esmeraldas de ese collar. Si no tienes medios de comprarlo, róbalo. Eres un miserable si no robas para ella. ¿Qué te importa la opinión del vulgo? ¡Egoista! El hombre que no es capaz de ser ladrón por una mujer, puede quererla mucho, pero no la quiere ciegamente. Lo que tu Alicia desee, tú debes dárselo. No dudes, y roba; roba para ella ese collar y cíñeselo después á su cuello, cuya nieve tantas veces, en el espacio de una noche, dió frescura á tus labios...»

Estas ideas acudieron á corroborar sus impresiones más recientes: la de su visita á la sala de disección, donde vió otra vez que todo es nada, y la de aquel crimen por celos que oyó referir en la taberna. Y, repentinamente, Enrique Darlés se sintió calmado. Su porvenir acababa de decidirse: robaría. La Fatalidad, hecha carne en el cuerpo de Alicia Pardo, acababa de decretarle un camino.

Todas las tardes, al tramontar del sol, en esa hora de misterio en que los faroles comienzan á encenderse y las mujeres parecen más lindas, el estudiante salía de su casa y, por las calles de Mesonero Romanos y Carmen, dirigíase hacia la Puerta del Sol, siempre llena de una multitud desocupada y abúlica que no sabe andar. En la calle Mayor se detenía, hundiendo una mirada ávida y medrosa en la joyería, cuyo escaparate refulgente parecía una brasa.