La contemplación diaria y reposada de aquellos tesoros producía en Enrique Darlés un trastorno moral, cuya gravedad él no sospechaba. La idea de robar iba incubándose en su ánimo, obsesionándole, trocándose en resolución irreductible y desapoderada.
Para tormento suyo, aquel collar de esmeraldas que servía de reclamo á la tienda no hallaba comprador. Era demasiado caro.
Con la nariz aplastada sobre el cristal del escaparate, Enrique sufría largos minutos de angustia sin poder disuadir sus ojos de aquel abismo, precipicio de oro y terciopelo en cuyo fondo los brillantes, los topacios, las esmeraldas, las perlas, los rubíes, las amatistas, parecían las pupilas de una extraña multitud. Su imaginación, entretanto, devanaba una historia de locura. El, con su presa oculta en su bolsillo más secreto, iría á ver á Alicia, y la diría: «Toma, aquí tienes tu collar; el collar que ni don Manuel, ni esos aristócratas millonarios que conoces, han querido comprarte, te lo he ganado yo jugándome la vida. ¿Qué dices ahora?...» Y discurriendo así cerraba los ojos, creyendo que á su alrededor el aire olía á violetas. Después, cuando abría los párpados, las esmeraldas del collar, verdes y duras como las pupilas de Alicia, parecían decirle: «Todo eso, tan bonito, sucederá cuando tú quieras». Era la voz sigilosa de la tentación: voz hecha luz...
Una tarde, al recobrarse de uno de estos duraderos y profundos ensimismamientos, vió que Alicia Pardo y su amiga Candelas se acercaban. Ellas también le habían visto. Turbado, casi sin voz, el estudiante las saludó. Alicia le estrechó la mano afectuosamente, y él aspiró esta vez con más fuerza, aquel perfume á violetas que aromaba sus sueños de ladrón. La joven preguntó:
—¿Qué hace usted aquí?
—Nada... pasar el rato...
Alicia inspeccionó el escaparate.
—¡Ah, sí! ¿Miraba usted mi collar?
—Sí, precisamente...
Y al decir esto enrojeció, porque equivalía á confesar que estaba acordándose de ella. Candelas examinó al estudiante risueña. Alicia Pardo agregó cruel: